sábado, 24 de septiembre de 2011

Con cierto asombro y mucha satisfacción he leído algunos poemas del maestro Segundo Portilla. Una de sus nietas ha tenido la gentileza de entregármelos. Sabe del aprecio que tuvimos por su abuelo y de la admiración que aún conservamos los del Grupo Cultural Wayrak porque fue un buen amigo nuestro.

Lo admiramos por su faceta de extraordinario músico y gestor cultural. Dedicó casi toda su existencia a introducir en los campos de la música a jóvenes estudiantes por muchos decenios. Forjó generaciones de profesionales y fue el patriarca de una saga de reconocidos músicos chotanos. Toda una familia comprometida con el arte. Pero también parte de su vida profesional estuvo ligada a las bibliotecas del Colegio San Juan y del Sagrado Corazón de Jesús.

Mas no lo conocíamos como poeta. Y un gran poeta. Este aspecto de su vida artística lo mantuvo al margen vencido posiblemente por su febril pasión por las notas y los instrumentos. Aunque algunos de sus familiares más cercanos y ciertos amigos como José López sabían de su amor oculto por la lírica.

Poesía sobria, traslúcida y bien elaborada. Aún sin haber hurgado en las muchas veces liadas leyes de la composición poética, el maestro Portilla escribe a la vida, a la muerte, al amor, a la mujer y a la música con un latido íntimo y vigoroso, a veces lleno de angustia y resignación. Con una exaltación que hacen de sus versos expresiones profundamente emotivas como en el poema “Mi triste fosa”. Con los años que transcurren ¿Quien se acuerda/ de la vida sea buena o sea errada?.../ ¡Nadie hermanos !... pues entonces, ¿Qué nos queda?/ aceptar humildemente no ser nada.

Esta es la idea esencial de su poética. El sentido profundamente humano que lo habita. Poemas con unidad temática y que trasuntan las emociones de un hombre sincero y apasionado. Muchas de las veces sólido e inmarcesible, otras tantas desconsolado y con cierto desplacer.

¡OH MÚSICA ..... BELLÍSIMA NOVIA MÍA!

A tus plantas yo te imploro en mi agonía

que en mis noches de profundidad eterna

me acompañe en esta fosa fría,

voluptuosa tu caricia embriagadora.



Y cual madre amorosa, dulce, tierna,

me arrulle sin fin la melodía

de tu lira, al sonar encantadora.



La deuda que tenemos los chotanos con el maestro Misho Portilla es enorme, y no basta un homenaje sino un reconocimiento permanente la difusión de su obra musical, literaria y humana.















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